Una historia casi prehistórica
por Antonio Muñoz
En el principio fue el erial... El edificio (o mejor los edificios, porque también estaba el Colegio Zalfonada, que rápidamente tuvo un nombre) era un bloque de cemento plantado en medio de la nada. Como el castillo de Kafka era inalcanzable. De hecho, en su momento la única forma de verlo de cerca era tomar el desvío a Barcelona desde la avenida Pirineos y así conseguías una extraña proximidad al instituto y al colegio, sólo que por la parte de atrás. Por lo demás, esas eran también las únicas referencias espaciales: la autopista que pasa por detrás y Campoebro, que sigue siendo nuestro ambientador particular pero entonces con mucha mayor virulencia.
¡La lejanía! Una vez que te asignaban, como profesor o como alumno, este centro, venía la odisea de localizarlo. Yo, como vecino de la margen izquierda, me alegré mucho con esa asignación, pero la primera sorpresa fue comprobar que me costaba el doble llegar a este "Mixto 10" que a mi anterior instituto, en el centro de la ciudad. Efectivamente, se habían pasado al nombrarlo "Arrabal-Picarral" pues se encontraba más allá de los límites más optimistas de estos barrios. Nosotros preferíamos hablar de "Cascajo-San Gregorio" o incluso los más cáusticos, para ponderar la lejanía, aludíamos a él como el "Zuera-Almudévar". A este respecto recuerdo una entrevista con el inspector de zona, un clásico de la época, famoso por su capacidad dialéctica. Cuando en la primera ocasión que tuvimos le planteamos que era un disparate haber construido un instituto tan alejado de la civilización nos soltó a la cara ¡Vaya por Dios! Toda la vida quejándoos de la imprevisión de las Administraciones y para una vez que obran con visión de futuro también os quejáis!" La verdad es que el tiempo ha acabado dándole la razón, sí, pero al cabo de lustros de travesía del desierto, en el estricto sentido de la palabra.
Estamos hablando del año 1980 y entonces no sólo el Actur era poco más que un proyecto de ACTuación URgente sino que desde el Parque del Tío Jorge hasta la autopista apenas había alguna urbanización al otro lado de las instalaciones de Bomberos. ¿De dónde iba a salir, pues, el alumnado? Es la pregunta que nos planteábamos todos, cuya respuesta aplazo para mantener la intriga sobre este extraño brote arquitectónico.
¡Y los accesos! Suelen los madrugadores, para ponderar lo temprano de la hora a la que se han levantado, decir que "todavía no estaban puestas la calles". Pues eso es lo que sucedía realmente cuando se inauguró el instituto de nuestros desvelos. En las expediciones exploratorias y aun durante todo el primer curso sólo se podía acceder (plano en mano) por la carretera de Huesca hasta un cierto punto, para torcer después a la derecha y por extraños vericuetos alcanzar la entrada del colegio y posteriormente la del instituto. Con decir que el medio más expeditivo era la bicicleta., solución por la que optábamos más de un profesor... Al segundo año nos encontramos ya con la grata sorpresa de que habían abierto la Avenida de Salvador Allende (mejor sería decir su trazado porque los edificios tardarían en llegar) que, si bien se desviaba descaradamente en el punto clave para dirigirse a San Juan de la Peña, permitía un acceso razonable a ambos centros de enseñanza. Luego vendrían los autobuses, el césped etc., es decir, los signos de civilización...
Poner en marcha un instituto creado de la nada no es fácil. En nuestro caso se añadió el problema de la precipitación en la entrega de la obra. Este centro, como varios más en Zaragoza (de hecho el próximo año compartimos las bodas de plata con al menos tres institutos más) era fruto de los llamados "Pactos de la Moncloa", que supusieron un enorme avance en la creación de puestos escolares en la enseñanza pública. Había que poner en marcha el instituto en septiembre a toda costa y por ello tuvimos que entrar casi con las paredes todavía húmedas y con toda clase de deficiencias: el edificio era un puro bloque de cemento, con ese aire impersonal y bobalicón de los productos en serie, sin apenas delimitación y menos aún alrededores, y con un personal de emergencia (me refiero tanto a profesores como alumnos) poco menos que cazado al vuelo.
La verdad es que el aspecto exterior del edificio apenas ha cambiado nada salvo la gran pantalla de chopos que en parte atenúan el impacto visual desolador. Lo que sí ha habido son muchos añadidos, el más espectacular de los cuales es el no menos austero bloque-aulario que se construyó a la izquierda según se entra y que supuso la pérdida irremediable del goloso aparcamiento en la puerta de casa, como quien dice. Los primeros moradores del centro tampoco conocieron otras importantísimas mejoras como la creación de esa ala que alberga hoy día tecnologías, bibliotecas, seminarios y sobre todo el ansiado (en los primeros años) salón de actos. También les sorprendería el acristalamiento de lo que en tiempos fue porche abierto, luego fumadero semiclandestino y hoy simplemente limbo porta-carteles.
Creo que lo que más extrañaría a los primitivos habitantes del Mixto diez sería sin duda el rigor en las normas actuales de acceso al centro, pues durante años y años el control de entradas y salidas era más bien "moral". No se conocía el portero automático y las vallas laterales no eran ni mucho menos tan disuasorias como las actuales, de manera que el acceso, por ejemplo, a los campos de juego era relativamente fácil para los chicos del barrio aficionados al baloncesto.
Por desgracia la pesadez de la fachada no se correspondía con un interior robusto. Desde los primeros días de uso del centro se advirtió que los tabiques vibraban con facilidad e incluso estaban relativamente sueltos para lo que es un tabique; vamos, que a poco que se lo propusieran (¡y naturalmente que se lo proponían!) podían los alumnos desplazarlos unos milímetros. La alarma perduró más de un curso y ya el segundo año hubo que hacer un "plante" para llamar la atención de la administración, que por fin tomó cartas en el asunto. Los tabiques se reforzaron y se han cambiado múltiples veces según las necesidades: cada vez hay menos alumnos por aula, programas especiales etc. Pero no solo los tabiques sufrían tembleques. Las máquinas que trabajaban en las inmediaciones, o que estaban acabando las obras que tan precipitadamente se habían entregado, eran a menudo un tormento para profesores y alumnos y hasta para el material pedagógico. Recuerdan los profesores de ciencias del primer año que a veces los recipientes de cristal que el Ministerio iba enviando para poner en marcha el laboratorio caían y se hacían añicos nada más colocarlos sobre las mesas, víctimas de las mencionadas trepidaciones...
Al igual que los reactivos o los matraces fueron llegando paulatinamente los libros para la biblioteca, los aparatos para el gimnasio y algún monitor de televisión (de ordenadores para la enseñanza apenas se empezaba a hablar por entonces) así como todo lo que atañe al revestimiento interior del centro. Así que hubo que improvisar mucho aquel primer año y echarle mucha imaginación. Con decir que las primeras obrillas de teatro con los alumnos se representaron en el fondo del vestíbulo entre el arranque de las escaleras y el acceso al gimnasio, que empezaba justamente donde ahora están situadas las puertas cortafuegos.... Y el público, naturalmente, sentado, cada uno como buenamente podía, a lo largo y ancho del vestíbulo, más espacioso por cierto que ahora al no existir la actual oficina de conserjes. Claro que el número de alumnos no llegaba a doscientos, la mayoría de los cuales, aunque parezca mentira, se quedaron a la representación (a cargo de los más pequeños, entonces los de 1º de BUP.) después de las clases de la tarde, que acababan a las seis.
Más sorpresas podían aguardar al visitante, asiduo u ocasional, de los primeros tiempos. Durante los días veraniegos previos a la apertura del centro no era inusual tropezarse con el conserje de entonces ejerciendo sus funciones en el patio de entrada en riguroso bañador. Y es que este pintoresco personaje (fallecido pocos años después todavía joven) solía aparecer con la manguera en la mano, no tanto para regar los primeros conatos de jardín (que también los hubo) cuanto para llenar la enorme piscina hinchable, instalada en el frontal del edificio, donde chapoteaba su numerosa y rubicunda prole.
Y vamos ya con los alumnos. Para empezar, el primer curso sólo hubo un grupo de COU (ciencias más letras), allegado de las más dispares procedencias, repetidores totales o parciales muchos de ellos, dicho sea con el mayor respeto, o desplazados por diferentes circunstancias. En total sumaban cuarenta y tantos. El curso 3º de BUP estuvo vacío, es decir, no existió ese primer año. Sí que hubo un 2º, si bien se quedó a medio llenar. Lo que sí tuvimos al completo fue un granado 1º de BUP, con sus cuatro grupos de cuarenta o casi, que al ir subiendo de curso fue dando cuerpo al instituto. Fue de hecho la primera generación completa del Mixto 10 y vivieron intensamente su aventura de pioneros. Yo puedo decir que es el curso del que mejor me acuerdo en conjunto y con el que más complicidad he sentido, lo que se manifiesta aun hoy día cuando me encuentro con alguno de ellos o de ellas, y no digo nada si es algún grupo o pandilla de las que han perdurado hasta nuestros días. Una parte del alumnado, sobre todo de los mayores, venía de "Zaragoza", que es como los rabaleros de siempre hemos llamado a lo que hay al otro lado del Ebro. Los alumnos de 1º de BUP, aquel año y los sucesivos, solían venir de barrios colindantes, especialmente de Balsas de Ebro Viejo y de La Jota. Dada la lejanía del centro, durante bastantes años funcionó un autobús escolar a cada uno de estos dos destinos.
También los profesores éramos pocos y de aluvión. En total no pasábamos de doce, casi uno por asignatura, o sea, que estábamos como en familia, un cenáculo. Si excluimos a los directivos, el promedio de edad era bastante bajo: en torno a la treintena la mayoría, varios incluso recién estrenados en la profesión. El primer profesorado, como casi todo en aquel centro, fue coyuntural y efímero. Un huracán de nombramientos definitivos barrió a la mayoría de aquellos enseñantes y los que se fueron incorporando en los cinco cursos siguientes dieron ya su impronta definitiva ( por el momento, claro está) a este instituto. Un recuerdo especial merece quien hizo las veces de primer director, D. José Luis Ollero, hombre prudente y sosegado, que sin ruido ni malos humos (bastante ruido y bastantes malos humos nos venían de fuera) puso a flote la nave. Al curso siguiente desapareció por donde había venido y dejó paso ya a un director autóctono.
Esto y mucho más fue el arranque de esta casa. Eran los tiempos finales de la transición con un toque de desencanto, eran tiempos de autonomías incipientes y de fiestas populares, en vísperas del 23 F y del mundial de España. Todos, alumnos y profesores, nos movíamos por los aledaños de la juventud y el caudal de ilusión venía muy crecido. El Mixto 10-Avempace era un neonato. Hoy el público sigue siendo joven (los años no pasan por nuestros alumnos) pero el Instituto, con sus cinco lustros, ya es un poco "carrozón" y mira con benevolencia socarrona los renovados ímpetus de sus nuevos moradores.
En el principio fue el erial... El edificio (o mejor los edificios, porque también estaba el Colegio Zalfonada, que rápidamente tuvo un nombre) era un bloque de cemento plantado en medio de la nada. Como el castillo de Kafka era inalcanzable. De hecho, en su momento la única forma de verlo de cerca era tomar el desvío a Barcelona desde la avenida Pirineos y así conseguías una extraña proximidad al instituto y al colegio, sólo que por la parte de atrás. Por lo demás, esas eran también las únicas referencias espaciales: la autopista que pasa por detrás y Campoebro, que sigue siendo nuestro ambientador particular pero entonces con mucha mayor virulencia.
¡La lejanía! Una vez que te asignaban, como profesor o como alumno, este centro, venía la odisea de localizarlo. Yo, como vecino de la margen izquierda, me alegré mucho con esa asignación, pero la primera sorpresa fue comprobar que me costaba el doble llegar a este "Mixto 10" que a mi anterior instituto, en el centro de la ciudad. Efectivamente, se habían pasado al nombrarlo "Arrabal-Picarral" pues se encontraba más allá de los límites más optimistas de estos barrios. Nosotros preferíamos hablar de "Cascajo-San Gregorio" o incluso los más cáusticos, para ponderar la lejanía, aludíamos a él como el "Zuera-Almudévar". A este respecto recuerdo una entrevista con el inspector de zona, un clásico de la época, famoso por su capacidad dialéctica. Cuando en la primera ocasión que tuvimos le planteamos que era un disparate haber construido un instituto tan alejado de la civilización nos soltó a la cara ¡Vaya por Dios! Toda la vida quejándoos de la imprevisión de las Administraciones y para una vez que obran con visión de futuro también os quejáis!" La verdad es que el tiempo ha acabado dándole la razón, sí, pero al cabo de lustros de travesía del desierto, en el estricto sentido de la palabra.
Estamos hablando del año 1980 y entonces no sólo el Actur era poco más que un proyecto de ACTuación URgente sino que desde el Parque del Tío Jorge hasta la autopista apenas había alguna urbanización al otro lado de las instalaciones de Bomberos. ¿De dónde iba a salir, pues, el alumnado? Es la pregunta que nos planteábamos todos, cuya respuesta aplazo para mantener la intriga sobre este extraño brote arquitectónico.
¡Y los accesos! Suelen los madrugadores, para ponderar lo temprano de la hora a la que se han levantado, decir que "todavía no estaban puestas la calles". Pues eso es lo que sucedía realmente cuando se inauguró el instituto de nuestros desvelos. En las expediciones exploratorias y aun durante todo el primer curso sólo se podía acceder (plano en mano) por la carretera de Huesca hasta un cierto punto, para torcer después a la derecha y por extraños vericuetos alcanzar la entrada del colegio y posteriormente la del instituto. Con decir que el medio más expeditivo era la bicicleta., solución por la que optábamos más de un profesor... Al segundo año nos encontramos ya con la grata sorpresa de que habían abierto la Avenida de Salvador Allende (mejor sería decir su trazado porque los edificios tardarían en llegar) que, si bien se desviaba descaradamente en el punto clave para dirigirse a San Juan de la Peña, permitía un acceso razonable a ambos centros de enseñanza. Luego vendrían los autobuses, el césped etc., es decir, los signos de civilización...
Poner en marcha un instituto creado de la nada no es fácil. En nuestro caso se añadió el problema de la precipitación en la entrega de la obra. Este centro, como varios más en Zaragoza (de hecho el próximo año compartimos las bodas de plata con al menos tres institutos más) era fruto de los llamados "Pactos de la Moncloa", que supusieron un enorme avance en la creación de puestos escolares en la enseñanza pública. Había que poner en marcha el instituto en septiembre a toda costa y por ello tuvimos que entrar casi con las paredes todavía húmedas y con toda clase de deficiencias: el edificio era un puro bloque de cemento, con ese aire impersonal y bobalicón de los productos en serie, sin apenas delimitación y menos aún alrededores, y con un personal de emergencia (me refiero tanto a profesores como alumnos) poco menos que cazado al vuelo.
La verdad es que el aspecto exterior del edificio apenas ha cambiado nada salvo la gran pantalla de chopos que en parte atenúan el impacto visual desolador. Lo que sí ha habido son muchos añadidos, el más espectacular de los cuales es el no menos austero bloque-aulario que se construyó a la izquierda según se entra y que supuso la pérdida irremediable del goloso aparcamiento en la puerta de casa, como quien dice. Los primeros moradores del centro tampoco conocieron otras importantísimas mejoras como la creación de esa ala que alberga hoy día tecnologías, bibliotecas, seminarios y sobre todo el ansiado (en los primeros años) salón de actos. También les sorprendería el acristalamiento de lo que en tiempos fue porche abierto, luego fumadero semiclandestino y hoy simplemente limbo porta-carteles.
Creo que lo que más extrañaría a los primitivos habitantes del Mixto diez sería sin duda el rigor en las normas actuales de acceso al centro, pues durante años y años el control de entradas y salidas era más bien "moral". No se conocía el portero automático y las vallas laterales no eran ni mucho menos tan disuasorias como las actuales, de manera que el acceso, por ejemplo, a los campos de juego era relativamente fácil para los chicos del barrio aficionados al baloncesto.
Por desgracia la pesadez de la fachada no se correspondía con un interior robusto. Desde los primeros días de uso del centro se advirtió que los tabiques vibraban con facilidad e incluso estaban relativamente sueltos para lo que es un tabique; vamos, que a poco que se lo propusieran (¡y naturalmente que se lo proponían!) podían los alumnos desplazarlos unos milímetros. La alarma perduró más de un curso y ya el segundo año hubo que hacer un "plante" para llamar la atención de la administración, que por fin tomó cartas en el asunto. Los tabiques se reforzaron y se han cambiado múltiples veces según las necesidades: cada vez hay menos alumnos por aula, programas especiales etc. Pero no solo los tabiques sufrían tembleques. Las máquinas que trabajaban en las inmediaciones, o que estaban acabando las obras que tan precipitadamente se habían entregado, eran a menudo un tormento para profesores y alumnos y hasta para el material pedagógico. Recuerdan los profesores de ciencias del primer año que a veces los recipientes de cristal que el Ministerio iba enviando para poner en marcha el laboratorio caían y se hacían añicos nada más colocarlos sobre las mesas, víctimas de las mencionadas trepidaciones...
Al igual que los reactivos o los matraces fueron llegando paulatinamente los libros para la biblioteca, los aparatos para el gimnasio y algún monitor de televisión (de ordenadores para la enseñanza apenas se empezaba a hablar por entonces) así como todo lo que atañe al revestimiento interior del centro. Así que hubo que improvisar mucho aquel primer año y echarle mucha imaginación. Con decir que las primeras obrillas de teatro con los alumnos se representaron en el fondo del vestíbulo entre el arranque de las escaleras y el acceso al gimnasio, que empezaba justamente donde ahora están situadas las puertas cortafuegos.... Y el público, naturalmente, sentado, cada uno como buenamente podía, a lo largo y ancho del vestíbulo, más espacioso por cierto que ahora al no existir la actual oficina de conserjes. Claro que el número de alumnos no llegaba a doscientos, la mayoría de los cuales, aunque parezca mentira, se quedaron a la representación (a cargo de los más pequeños, entonces los de 1º de BUP.) después de las clases de la tarde, que acababan a las seis.
Más sorpresas podían aguardar al visitante, asiduo u ocasional, de los primeros tiempos. Durante los días veraniegos previos a la apertura del centro no era inusual tropezarse con el conserje de entonces ejerciendo sus funciones en el patio de entrada en riguroso bañador. Y es que este pintoresco personaje (fallecido pocos años después todavía joven) solía aparecer con la manguera en la mano, no tanto para regar los primeros conatos de jardín (que también los hubo) cuanto para llenar la enorme piscina hinchable, instalada en el frontal del edificio, donde chapoteaba su numerosa y rubicunda prole.
Y vamos ya con los alumnos. Para empezar, el primer curso sólo hubo un grupo de COU (ciencias más letras), allegado de las más dispares procedencias, repetidores totales o parciales muchos de ellos, dicho sea con el mayor respeto, o desplazados por diferentes circunstancias. En total sumaban cuarenta y tantos. El curso 3º de BUP estuvo vacío, es decir, no existió ese primer año. Sí que hubo un 2º, si bien se quedó a medio llenar. Lo que sí tuvimos al completo fue un granado 1º de BUP, con sus cuatro grupos de cuarenta o casi, que al ir subiendo de curso fue dando cuerpo al instituto. Fue de hecho la primera generación completa del Mixto 10 y vivieron intensamente su aventura de pioneros. Yo puedo decir que es el curso del que mejor me acuerdo en conjunto y con el que más complicidad he sentido, lo que se manifiesta aun hoy día cuando me encuentro con alguno de ellos o de ellas, y no digo nada si es algún grupo o pandilla de las que han perdurado hasta nuestros días. Una parte del alumnado, sobre todo de los mayores, venía de "Zaragoza", que es como los rabaleros de siempre hemos llamado a lo que hay al otro lado del Ebro. Los alumnos de 1º de BUP, aquel año y los sucesivos, solían venir de barrios colindantes, especialmente de Balsas de Ebro Viejo y de La Jota. Dada la lejanía del centro, durante bastantes años funcionó un autobús escolar a cada uno de estos dos destinos.
También los profesores éramos pocos y de aluvión. En total no pasábamos de doce, casi uno por asignatura, o sea, que estábamos como en familia, un cenáculo. Si excluimos a los directivos, el promedio de edad era bastante bajo: en torno a la treintena la mayoría, varios incluso recién estrenados en la profesión. El primer profesorado, como casi todo en aquel centro, fue coyuntural y efímero. Un huracán de nombramientos definitivos barrió a la mayoría de aquellos enseñantes y los que se fueron incorporando en los cinco cursos siguientes dieron ya su impronta definitiva ( por el momento, claro está) a este instituto. Un recuerdo especial merece quien hizo las veces de primer director, D. José Luis Ollero, hombre prudente y sosegado, que sin ruido ni malos humos (bastante ruido y bastantes malos humos nos venían de fuera) puso a flote la nave. Al curso siguiente desapareció por donde había venido y dejó paso ya a un director autóctono.
Esto y mucho más fue el arranque de esta casa. Eran los tiempos finales de la transición con un toque de desencanto, eran tiempos de autonomías incipientes y de fiestas populares, en vísperas del 23 F y del mundial de España. Todos, alumnos y profesores, nos movíamos por los aledaños de la juventud y el caudal de ilusión venía muy crecido. El Mixto 10-Avempace era un neonato. Hoy el público sigue siendo joven (los años no pasan por nuestros alumnos) pero el Instituto, con sus cinco lustros, ya es un poco "carrozón" y mira con benevolencia socarrona los renovados ímpetus de sus nuevos moradores.


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