La alumna de 2º Bachillerato B Silvia Fernández Izquierdo, finalista en un concurso internacional de relatos

José Antonio García · 25 de abril de 2015

La alumna de 2º de Bachillerato B del IES Avempace Silvia Fernández Izquierdo ha quedado finalista en el concurso internacional de relatos convocado por el colegio St. Paul’s School de Barcelona, con su narración “Memorias de la muerte enamorada”, que transcribimos más abajo.

Se trataba de la 18ª edición de un premio internacional y se admitían narraciones en español, inglés y catalán. En el concurso participaron más de 75 centros educativos de varias partes del mundo.

Desde aquí, queremos transmitir nuestras más efusivas felicitaciones a nuestra alumna por su éxito, al tiempo que le auguramos nuevos triunfos en su andadura profesional. ¡Enhorabuena, Silvia!

“Memorias de la muerte enamorada”, por Silvia Fernández

“Este es el único legado que pienso dejar a la posteridad. Mi única intención es advertir a cualquier mortal interesado en ser conocedor de lo que le espera si traspasa el límite de la apariencia.

No pasa un día en el que no piense en ella, en lo que ella me hizo. Creí que era tan pura, tan bella. Creí que era la verdad más tierna que jamás contemplé, nunca pensé de ella que fuera el espejismo más cruel del dolor, del sufrimiento, de la ira…

Toda una eternidad al margen, cada uno hacía su cometido, nuestra conexión era efímera. Cada vez que un alma partía, ella la miraba con dulce indulgencia y la posaba sobre mi espalda. Nunca, en tantos siglos como duró nuestro cometido sobre el mundo terrenal, la miré. Pero llegó un día en el que un alma se negó a abandonar la vida. Es curioso como semejante vehemencia por aferrarse a algo tan mundano como es la existencia mortal pudo, tras siglos y siglos de inamovible costumbre, hacerme mover de mi lugar, cruzar la línea del mal y ver, con mis propios ojos, sinónimo de tinieblas y oscuridad, lo que al otro lado la vida aguardaba a un ser normal. Y allí estaba ella, en todo su esplendor; la Vida. Sólo el pensar en ella hace que en mi garganta se forme un nudo insoportable, un hastío insufrible que me hace comprender por qué algunas almas deciden por ellas mismas huir de su presencia. No tardé en caer en su agridulce hechizo de esperanza. La quise desde el primer instante en que la vi. ¡Y cómo no quererla si era el sueño prometido! Inspiraba calma, libertad, te empujaba a seguir adelante, tan fuerte, que no atendías a sus susurros, reveladores de sus verdaderas intenciones. Me dejé engañar como un vulgar mortal. Su único fin es mi existencia, su verdadera intención es empujarte hacia mí… de la manera más cruel.

Y esa es la verdad escondida en cualquier existencia, incluida la mía. La Vida es cruel, te hace caminar dando tumbos, te zarandea, te despoja de todo y de nuevo te lo vuelve a entregar como si de un juego se tratara. Te hace creer que tienes un motivo, un fin especial en un orden mayor, que eres capaz de encontrarlo, que puedes ser algo más que un simple pestañeo en la eternidad del cosmos, que existir consiste en algo más que en respirar y tras una larga fatiga dejar de hacerlo para pasar a pertenecer a la nada, pertenecerme a mí. La Vida es capaz de hacer que te sientas harto de ella y a la vez que la ames con tanta fuerza que no quieras perderla por nada del mundo, hasta tal punto que no te importa que sea otro quien la abandone por ti. Pero todo da igual, en zigzag te dirige a mí, y lo cierto es que no significas nada para ella.

Y en toda esta historia yo me creí superior, me creí igual e incluso mejor que ella, pensé que mi cometido era más importante. Caí en un cruel error. Ella no existe gracias a mí, sino que yo nací de su existencia, yo soy por ella, por su capricho de despojar a su único entretenimiento (que sois vosotros, ridículos mortales) de lo único que es propiamente vuestro: el palpitar de vuestros corazones.

Cuando la contemplé por primera vez, su mirada me correspondió y no sabía hasta ese momento que yo pudiera sentir felicidad. Más tarde me entregó aquella alma empeñada en clavarse a su espinazo. Me susurró con dulzura que era un regalo, al igual que todas las almas que yo cuidaba por siempre y que desde entonces cuidé con más empeño. Me sentí halagada, superior, respiré hondo y la clepsidra que tengo por corazón se paró. La Vida hizo enamorarse a la Muerte.

Desde ese día cruzaba el límite de mis dominios cada vez que ella me otorgaba otra insignificante alma que yo arropaba como si de una parte de ella se tratara. ¡Pero qué equivocada estuve, pues no eran más que los desechos de su cruel divertimento!

Conforme el tiempo pasaba en el mundo terrenal cada vez eran más las almas que llegaban horrorizadas a mis brazos, cada vez eran más las almas que huían de la Vida. Tras un tiempo y fuera de las leyes que regían mi cometido, pregunté al alma de un niño que agonizaba sobre mi hombro el motivo de su tormento, si la Vida era hermosa, era tierra de esperanza, con tanto por hacer, tanto por vivir. Su respuesta fue descorazonadora. La imagen que su inerte corazón proyectaba me hizo temblar. La Vida era cruel, pero… a mí me quería. O eso quise creer.

Llegó el día en el que me arrojó miles de almas, como si de desperdicios se trataran. Le grité, quebré su luz. ¿Por qué haces esto?, pregunté con muda voz. Porque se lo merecen, fue su respuesta. Su luz se atenuó más. Porque te lo mereces, prosiguió. Y cada vez, mostrando más su verdadera cara, yo retrocedía poco a poco a mis dominios
de tinieblas, al lado de esas pobres existencias acabadas, que ahora no eran nada. Lloré junto a ellas y la Vida se arrodilló, con la mirada encendida, cruel, el dolor se reflejaba en toda ella. Y entonces, al verme destrozada y humillada, tendida en el suelo como el resto de sus marionetas, susurró como un puñal: ¿Qué te esperabas de la Vida?”

Más información

  • Premios, web del IES _Avempace, con la relación de alumnos, equipos y profesores del centro que han recibido galardones, menciones y honores en los últimos años.

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